Si nadie contesta las encuestas, ¿de dónde salen esos resultados? El país que nadie llama en Colombia
Hay algo que no cuadra. Y ya no es solo una percepción: es una evidencia cotidiana.
¿A usted lo han llamado alguna vez para una encuesta electoral?
La respuesta, casi siempre, es no.
Y sin embargo, cada semana aparecen nuevas cifras que aseguran saber qué piensa el país. Hoy mismo, por ejemplo, una encuesta de Invamer ubica a Iván Cepeda con 44,3%, seguido por Abelardo de la Espriella con 21,5% y Paloma Valencia con cerca de 19% en intención de voto.
Al mismo tiempo, otra medición —esta vez de la firma española GAD3 para medios nacionales— también los ubica como los principales punteros, aunque con variaciones en los porcentajes.
Es decir: diferentes encuestas, distintos números… pero el mismo fenómeno.
Un país que nadie reconoce haber respondido.
Porque aquí está el punto central —y el más incómodo—:
¿quiénes son esas personas que sí contestan?
Las encuestas hablan de miles de entrevistados, incluso de muestras de hasta 3.800 personas con márgenes de error técnicos. Pero Colombia tiene más de 50 millones de habitantes.
Y la gran mayoría sigue sin aparecer.
Ni usted. Ni su familia. Ni sus vecinos. Ni buena parte del país real.
Entonces, el problema deja de ser técnico y se vuelve evidente: hay una desconexión profunda entre el país medido y el país vivido.
Porque mientras las encuestas dicen que Iván Cepeda está cerca de ganar en primera vuelta, o que Abelardo de la Espriella y Paloma Valencia se disputan el segundo lugar, la mayoría de ciudadanos ni siquiera ha tenido la oportunidad de expresar su opinión en esos sondeos.
Y eso no es un detalle menor.
Es el corazón del problema.
Porque no se trata solo de que las encuestas existan. Se trata de que influyen.
Cuando publican que alguien lidera con 44%, no solo informan: moldean. Cuando ubican a otros como “rezagados”, condicionan. Cuando repiten tendencias, crean percepciones de inevitabilidad.
Eso tiene nombre: efecto arrastre.
Y en política, el efecto arrastre decide votos.
Pero volvamos al origen de todo: la muestra.
Las encuestas parten de una idea válida en teoría: un pequeño grupo puede representar al conjunto. Pero en la práctica colombiana —con desconfianza, llamadas ignoradas, informalidad y brechas digitales— esa representación empieza a hacer agua.
Porque no todos contestan. Y los que contestan, no necesariamente representan a todos.
Ahí aparece el sesgo.
Un sesgo silencioso, pero determinante.
Y mientras tanto, ocurre algo aún más delicado: se construye narrativa.
Las encuestas de Invamer y GAD3 no solo muestran números; instalan una historia política: quién va ganando, quién crece, quién no tiene opción.
Una historia que luego replican medios, analistas y redes sociales.
Una historia que termina influyendo en la decisión del votante.
Pero hay una pregunta que nadie responde con claridad:
Si casi nadie ha sido encuestado…
¿quién está contando esa historia?
Porque la contradicción es brutal:
- Millones de colombianos nunca han respondido una encuesta.
- Pero todos aparecen representados en los resultados.
Es, en esencia, un acto de fe estadística.
Y en democracia, la fe no debería reemplazar la verificación.
No se trata de decir que todas las encuestas son falsas.
Se trata de entender que no son neutrales, ni perfectas, ni incuestionables.
Se trata de exigir transparencia real:
¿a quién llaman?
¿quién responde?
¿quién queda por fuera?
Porque si esas respuestas no son claras, lo que se presenta como medición puede terminar siendo construcción.
Hoy Colombia vuelve a ver encuestas que hablan con seguridad sobre el futuro electoral.
Pero mientras el ciudadano común siga sin aparecer en esas llamadas, la duda seguirá creciendo.
Y con razón.
Posdata:
Publican porcentajes con decimales, márgenes de error y aparente precisión científica. Pero hay una cifra que nunca muestran: cuántos colombianos, como usted, jamás han sido llamados. Tal vez ahí está el dato más importante de todos.