Petro y el desgaste del poder: cuando la improvisación se vuelve gobierno
Gobernar un país no es improvisar en tiempo real. No es reaccionar por impulso, ni convertir cada declaración en un experimento político. Y, sin embargo, eso es exactamente lo que ha venido ocurriendo con Gustavo Petro.
Las salidas en falso del presidente ya no son episodios aislados. Son un patrón. Una forma de ejercer el poder que mezcla intuición, reacción y una preocupante falta de contención institucional. Lo que antes podía interpretarse como un error puntual, hoy se percibe como una constante que erosiona la credibilidad del Gobierno.
No se trata de percepciones abstractas. Los hechos están ahí. Basta recordar, por ejemplo, la polémica generada cuando el mandatario decidió opinar sobre una canción de Shakira, sugiriendo que su mensaje promovía valores cuestionables. En medio de una agenda nacional cargada de problemas estructurales, el comentario fue visto como desconectado de la realidad del país y desató una tormenta innecesaria en la opinión pública.
Pero no ha sido un caso aislado. En varias ocasiones, mensajes del presidente —especialmente a través de redes sociales— han generado incertidumbre económica. Declaraciones sobre temas sensibles como el sistema financiero o la política energética han tenido efectos inmediatos en la confianza de los mercados, obligando a su propio equipo de gobierno a salir a aclarar lo que realmente quiso decir. Cuando el país depende de interpretaciones, algo no está funcionando.
A esto se suman las tensiones con otras ramas del poder. Comentarios sobre decisiones judiciales o críticas a organismos de control han sido interpretados como choques institucionales que no contribuyen a la estabilidad democrática. En lugar de fortalecer el equilibrio de poderes, estas intervenciones lo ponen en entredicho.
En el plano internacional, la situación no mejora. Algunas declaraciones del presidente frente a conflictos globales han generado incomodidad diplomática, al punto de que la Cancillería ha tenido que intervenir para matizar o reinterpretar sus palabras. Un país no puede darse el lujo de tener una política exterior que dependa de aclaraciones posteriores.
Y como si fuera poco, también están los anuncios y propuestas lanzadas sin suficiente claridad técnica. Ideas que aparecen sin contexto, sin desarrollo y sin una ruta clara de ejecución. Este tipo de intervenciones no solo generan confusión, sino que refuerzan una percepción de improvisación permanente.
Ese es el verdadero problema: la acumulación. No es una frase mal dicha. No es un error puntual. Es una cadena de episodios que terminan construyendo una narrativa de desorden en la cima del poder.
La defensa recurrente —que se trata de franqueza, de un estilo directo— ya no resiste análisis. La franqueza sin rigor no es virtud: es imprudencia. Y la imprudencia, cuando viene desde la Presidencia, se convierte en un costo que termina pagando todo el país.
Colombia no necesita un presidente que explique después lo que quiso decir. Necesita un presidente que diga con claridad lo que realmente va a hacer. Porque gobernar no es opinar. No es reaccionar. No es improvisar.
Gobernar es asumir el peso de cada palabra antes de pronunciarla.
Y hoy, más que nunca, ese peso parece estarse diluyendo en medio de declaraciones que, lejos de fortalecer el liderazgo, lo desgastan.
La pregunta ya no es si habrá una nueva salida en falso. La pregunta es cuánto más puede normalizarse este estilo sin que termine afectando de manera irreversible la confianza en el poder.
Porque cuando la improvisación se convierte en rutina, deja de ser un error.
Se convierte en forma de gobierno.